Adultos sin autoridad, niños sin rumbo (Parte 2)
Esta última entrada se va a salir un poco de lo habitual, ya que contaremos con el apoyo de Fabio Insúa. Nuestra colaboración nace de una problemática que ambos hemos detectado, la creciente falta de disciplina y la incapacidad para poner límites a los niños en nuestra sociedad. Fabio se centrará en la sobreprotección y el miedo a frustrar. Por otra parte, en mi blog hablaremos sobre la necesidad de los límites y la responsabilidad. Llevamos días preparando esta reflexión compartida y esperamos que disfrutéis tanto leyéndola como nosotros escribiéndola, ¡Gracias por vuestro apoyo!
Antes de comenzar, como ya he comentado, sería interesante que os pasaseis por "Dale una vuelta" para leer sobre lo que escribió Fabio Insúa. De este modo podréis tener una visión más global sobre la problemática. Con esta entrada pretendemos hacer reflexión sobre un tema que todos damos por sabido y nadie suele cuestionar. A día de hoy, me he encontrado con poca gente que afirme sin miedos que la disciplina es positiva.
Límites, una palabra de la que hablábamos constantemente pero que parece producir pavor cuando nos referimos a los más pequeños. Si hablamos de la palabra disciplina, la connotación que recibe hoy es todavía peor. Cuando escuchamos palabras como estas, se nos viene a la cabeza el castigo, la rigidez, la intransigencia… queremos evitarla para no ser tachados de “duros” o “chafados a la antigua”. Sin embargo, disciplina, límites, aprendizaje y educación son sin duda términos que se retroalimentan y que necesitan de los otros para existir.
No es ninguna secreto para nadie que estamos ante la generación de niños probablemente más consentidos de la historia. Niños que a veces catalogamos de “mimados” o “difíciles” pero no nos paramos a pensar que quizás solo están tratando de llamar nuestra atención. Quizás solo necesitan que alguien les ponga normas, que alguien los guíe, que los acompañe. Los límites aportan al niño una estructura en base a la que actuar. Un individuo sin referencias tiende a sentirse más inseguro, no más libre como solemos pensar.
Para ejemplificar el tema de los límites, os voy a contar un poco de mi historia. Por problemas familiares, tuve que vivir con mis abuelos desde que era un bebé hasta los tres años. No hace falta que os cuente mucho más, todos sabemos como son los abuelos. Como es natural, nada estaba prohibido para mí, yo lo decidía absolutamente todo. Cómo vestirme, qué comer, si cortarme o no el pelo... en fin, lo que desembocó en una niña caprichosa y con cero tolerancia a la frustración. Como es lógico, mis abuelos me criaron así con sus mejores intenciones, aunque está claro que no era la mejor educación para una niña.
A los tres años y medio, mi madre se encontró con una niña que montaba una rabieta hasta por lo más pequeño. Tuve suerte, porque para mis padres la palabra disciplina tenía un valor muy grande y siempre estuvo presente en nuestra crianza. Si mi madre decía A, se hacía A, daba igual cómo te pusieras. En mi casa no se podía hacer todo lo que se quisiera como con mis abuelos. Si era domingo e íbamos a misa, la ropa era la que mi madre decía; si tenía el pelo demasiado largo, se me cortaba; si no quería comer lo que había, o lo cenaba o... lo desayunaba. Cuando mis hermanas y yo nos quejábamos, mi madre siempre repetía lo mismo "De madres exigentes, hijos excelentes". No me considero una persona excelente, pero desde luego soy consciente de que en la vida todo tiene límites y que sin disciplina no se llega a nada.
La disciplina desde un enfoque constructivo tiene muchos más beneficios que perjuicios para los niños. No se trata de convertir la clase o la casa en un cuartel militar, se trata de que el alumno genere un clima de autonomía, perseverancia, responsabilidad y… por qué no, de respeto hacia la autoridad. Aunque hoy en día esto suene polémico, el profesor debe ser una figura de autoridad, y el niño debe tener claro que no es un igual. La relación educativa no es una relación simétrica y horizontal, como se intenta hacer ver. Si esto fuera así, el niño tendría el mismo poder sobre el maestro, el maestro aprendería del niño… sin embargo, sabemos que esto no es así. Aunque en ciertas ocasiones el maestro se lleve lecciones vitales de sus alumnos, lo que estos aprenden de él no es para nada comparable. De hecho, esa superioridad a nivel académico es lo que le otorga la autoridad al maestro.
Uno de los problemas actuales de los que deriva la falta de disciplina, es la incoherencia que existe entre el centro educativo y las familias. En muchas ocasiones, la escuela propone normas y límites que la familia rechaza por miedo a “frustrar” o a generar traumas. Esto debilita la autoridad educativa y deja ver al alumnado que cualquier limite es negociable, cuando está claro que esto es una falacia. Por tanto, esto no es un trabajo solo de la escuela, sin la involucración de las familias todo lo que haga un profesor es inútil y carece de significado.
La solución no pasa por volver a modelos autoritarios, pues no es lo mismo autoridad que autoritarismo. La autoridad se gana, se basa en el reconocimiento, el respeto y la libertad. El autoritarismo es fruto del miedo, la coacción y el control. Educar implica exigir, incluso imponer en muchos casos. Poniendo un ejemplo práctico: si un niño no quiere comerse las verduras, ¿qué debe hacer su madre? Podría simplemente respetar su decisión o imponerle que debe comérselas porque es lo mejor para su salud. En este caso, nadie duda que la segunda opción es la correcta. Tenemos claro que la integridad física del niño está por encima de su deseo de no comer las verduras. El problema es que al extrapolarlo a otros ámbitos dejamos de verlo tan claro. Si proponemos por ejemplo, deberes en casa para que el niño aprenda constancia, enseguida se nos tacha de docentes estrictos y anticuados que atentamos contra la infancia del niño. Sin embargo ¿querer que refuerce los contenidos a la vez que genera un hábito de trabajo es realmente una acción tan deplorable?
En conclusión, Es necesario que la disciplina vuelva a verse como lo que es, un elemento indispensable para una educación integral. Hablamos constantemente de motivación, que parece haberse convertido en el nuevo dogma pedagógico. La motivación es algo volátil frente a la disciplina, que se mantiene y tiene un impacto en el tiempo. Es necesario enseñar que hay situaciones en las que debemos esforzarnos aunque no apetezca, aunque no haya motivación. Aprender a esperar, a tolerar el aburrimiento, a asumir las consecuencias de nuestros actos, son habilidades básicas que solo se pueden adquirir, bajo mi parecer con una educación firme.
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